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domingo, 10 de mayo de 2015

Capitalismo y profesionalización docente


Los maestros han estado y seguirán estando mal pagados, no sólo a consecuencia del carácter residual con el que se asume su oficio en un sistema que social, política y económicamente toma la escuela como un espacio de socialización semejante o parecido a la casa; en el que la maestra, sujeto altamente representado en número y significación, especialmente en los primeros años formativos, funge como sustituta maternal. Por la misma vía residual, el profesor no es leído como padre (expresión que se reserva a las altas jerarquías epistémicas) sino como un informador instruido. Ambos, prisioneros de representaciones apocadas, resultan no sólo lejanos a la investigación y producción de conocimiento (de ahí la contradicción social, profsional y salarial entre maestro de escuela y profesor universitario) sino altamente dependientes de discursos preformateados respecto de su oficio, su contenido y las expectativas sociales sobre su quehaer.

Un acercamiento al salario de los maestros en la historia, desde Mileto hasta el moderno siglo XX, pasando por la baja edad media y la constitución formal de las escuelas, nos hace ver que esta extensión de la maternidad al aula escolar y la intercalación de los oficios (no las ciencias) en la actividad magisterial, opera como un factor clave para sostener la representación de la escuela como un escenario adaptativo que inicia, prepara o complementa otros procesos formativos secundarios(Marrou 2004; Rodríguez 2005), cuyo desarrollo final se cuece en la vida laboral productiva, en la temporalidad de la vida del trabajador (Dussel 1990, 149).

Así, contrario a los escenarios mercantiles en los que la tecnología, que no produce valor pero sí ahorra trabajo humano  (Dussel 1990, 157), ha impuesto nuevos estándares para la cualificación de la mano productiva (Parkin, Muñoz y Esquivel 2007, 213); la escuela presenta una alta dependencia de una fuerza de trabajo humana imposible de ser reemplazada por máquinas o computadores, por muy creciente y notorio que resulte su incorporación como instrumentos técnicos al servicio de la docencia y del aprendizaje. Por ello, perturba de manera generalizada - excepto a los ministros de la hacienda pública -, que los maestros ganen poco, sujetos al cálculo racional de su costo frente a la necesaria proporción de su número (Benavidez 2004, 16). Sin embargo, aparte de una cómoda muletilla, este asunto no parece importunar a los decisores políticos incluso cuando proponen emular los sistemas educativos de más altos logros que, para alcanzarlo, superaron desde el inicio las tensiones básicas asociadas al reconocimiento salarial real y a los criterios profesionales de ingreso a la carrera docente; bien conscientes como están de que los maestros no venden ni fabrican ni producen bienes materiales, pese a que sin su trabajo no hay elevación del PIB en ninguna nación (Sevilla 2004).  

El maestro es, en términos de la economía del capital, un instrumento de trabajo que no produce bienes materiales, sino simbólicos; es decir, aquellos que no incrementan las cuentas ni sirven para rentabilizar. Por eso miden su trabajo en términos de costos y no de beneficios pues de suyo no contribuyen a elevar la tasa de ganancia de los capitalistas. Bajo este pensamiento, desde Mileto hasta hoy, a los maestros se les paga poco, porque sonreír y acariciar no cuesta.

De hecho, Adam Smith, orientando su teoría del valor sobre la base del coste de producción, insiste en el mismo argumento: pagar poco a los maestros; es más, pagar nada y hacerles dependientes de la renta causada por el oficio mismo.  ¡Que los maestros se ganen su pan!

Si la renta de los maestros consiste en gran parte en lo que sus discípulos acostumbran pagarles: el profesor se ve en mayor o menor necesidad de aplicarse, respecto a que su bienestar depende de su reputación, y de la estimación, inclinación y cariño de sus discípulos, los cuales no pueden tenerle estimación sino haciéndose él acreedor por el exacto cumplimiento de sus obligaciones. En otras universidades la dotación que tiene prohíbe al maestro que reciba cosa alguna de sus discípulos, y la señalada compone toda la renta de su plaza. Entonces su interés se opone diametralmente a su obligación; porque tomando la palabra interés en el sentido vulgar, todo hombre lo tiene en incomodarse lo menos que pueda, estando seguro de sacar el mismo partido desempeñando o no un encargo de mucha incomodidad y trabajo; su interés es abandonarlo enteramente, o si tiene un superior que no se lo permita , cumplir a lo menos con indiferencia y abandono; y si es por casualidad activo y amante del trabajo, por su propio interés aplicará esta actividad á cosas que le proporcionen más ventajas que las que le da el cumplimiento de su obligación. (Condorcet 1792, 251)

Hoy, a regañadientes, el estado emplea y paga a los maestros del sector público pese a que sostiene y fomenta la actividad lucrativa privada en el ámbito educativo, sin que termine por reconocer esta labor como una actividad profesional. De ahí que hacer a los maestros ganapanes; esto es, que su salario final sea incluso inferior al salario de ingreso de una auxiliar administrativa en ciertas empresas públicas, se corresponde con tal lectura residual de quien, heredero de un oficio artístico, no ejercita una profesión que demande mayores exigencias académicas, epistémicas o científicas. De hecho, bajo teorías débiles de la selección que defienden el argumento de que el nivel educativo poco o nada incide en la productividad (Fermoso y Fermoso 1997, 149-150), tal situación no es anodina sino que expresa la valoración social y empresarial asignada a la labor que se realiza. Dicho de otro modo, un país que paga más a las secretarias que a los maestros lo hace porque considera que aquellas son técnicamente más productivas que estos, independientemente de sus responsabilidades sociales y políticas.

Finalizado un nuevo paro magisterial en Colombia para solicitar lo básico y recibirlo, precariamente de nuevo, muchos otros temas quedan sin que hayan sido discutidos ampliamente. No sólo los relacionados con la urgencia de su profesionalización y retribución salarial, aún pendientes; sino los de la cantidad de estudiantes por aula de clase, el número de horas efectivas en las que deben realizar su oficio, las asignaciones complementarias que les sobreabundan, a fuerza de no contar con personal asistencial, supernumerario y de apoyo en las aulas y en las instituciones educativas, la tacañería en la distribución de su jornada laboral, entre otros. Queda igualmente en el tapete la discusión por el contenido funcional de la educación pública, el cual no puede reducirse a mantener a niños y jóvenes en las aulas, asignarles tareas y expedir en consecuencia certificados y títulos. ¿Sirve de algo seguir proveyendo a la sociedad un número significativo de promovidos y graduados cuyo único bien portable sea un cartón que les acredita como bachilleres? ¿Acaso el papel de la escuela pública ha de ser el de cuidadores de niños o sustentar la moratoria juvenil prelaboral?

Del mismo resorte, la calidad de las infraestructuras y las condiciones materiales en las que se realiza el trabajo docente no sólo representan una patética evidencia del desinterés por contar con mejores sistemas educativos en América del Sur y en Colombia sino además reflejan la manifiesta indolencia de las sociedades nacionales por equiparar las condiciones de bienestar entre quienes asisten a escuelas públicas y privadas. De hecho, la negativa a ampliar a tres los años de educación preescolar en el sistema público educativo constituye un claro efecto de la institucionalización de la desigualdad a la que la escuela pública se ve sometida, producto de la actuación ventajosa de decisores políticos provenientes de la escuela privada, quienes, sin reato alguno, someten a las instituciones educativas públicas a la fragmentación presupuestal y la atención de prioridades a cuenta gotas bajo el pretexto extensamente socorrido de la inexistencia de recursos. Resulta curioso observar las continuas confrontaciones por el equilibrio presupuestal de las instituciones en el sistema educativo público, de modo que. mientras se eleva el presupuesto público para educación, se contrata con universidades privadas el funcionamiento de costosos programas, se entrega al interés particular un significativo número de instituciones públicas concesionadas para la cobertura educativa básica y media y se masifica hasta una medida antitécnica e indecorosa el número de estudiantes en las aulas públicas.

En igual sentido, para profesionalizar la docencia es preciso romper con la idea manida de que a la educación se dedican personas de baja condición social, precariamente formados y aspirantes eventuales a programas magisteriales. Aunque la mayoría de los maestros provengamos de modestas familias y entornos socioeconómicos pauperizados (Navarro 2002; Carnoy 2006), nada justifica que se  perpetúen estándares de admisión a los programas universitarios para maestros tan bajos que parezcan seductores para quienes menos se han esmerado en su formación básica y media; pues tal ecuación reproduce y contribuye a afianzar un imaginario social precarizado y perverso según el cual a la docencia se dedican personas cuyo nivel de incompetencia se da por descontado.

Tampoco puede ser que, bajo una nueva racionalidad en la que todos ponen y se empeñan en hacer lo que les corresponde, a los maestros se les incremente sustancialmente su ingreso sin que estos garanticen la calidad de su trabajo. Los maestros tienen, evidentemente, el deber de saber y no puede sostenerse que constituya un privilegio la potestad de enseñar. Si la docencia es una actividad experta, asegurar para todos los escolares el éxito en sus aprendizajes y la firmeza de los resultados esperables debe ser una consigna para el magisterio de los nuevos tiempos. Con ello, desnaturalizar las rutinas educativas, innovar conscientemente en sus metodologías, reeditar experiencias probadamente exitosas en contextos similares, observar a sus mejores pares, aprender de quienes proveen a la escuela experiencias seductoras emocional y académicamente, investigar el aula para dotarla de sentido, entre otras, constituyen acciones de mejoramiento necesarias y urgentes para que el magisterio asuma el carácter provocativo de su profesión; mucho más allá de entenderla como una tarea de apostolado o vocacional.

Más aún;  no puede sostenerse un modelo de calidad educativa sobre la base de una racionalidad económica en la que el gobierno desee cosechar lo que nunca ha sembrado. Hasta hoy han sido los maestros quienes por su propio mérito y en desgaste de su menguado peculio han sufragado los costos de hacerse licenciado, especialista, magister o doctor para ascender en los  escalafones vigentes, sin que reciban por ello una significativa retribución o reconocimiento. De hecho, someter a los nuevos docentes al escarnio de ser evaluados con posterioridad a la obtención de un título de maestría o doctorado no solo resulta excesivo sino denigratorio de los títulos a los que logran acceder, asunto que debería haber concitado, por lo menos, la solidaridad de sus maestros universitarios y la indignada protesta de las facultades e instituciones titulantes. Si, al tiempo que se exige calidad y mejoramiento se constriñe su salario, entonces se debe garantizar que los maestros puedan acceder a fuentes de financiación estatal o privada de estudios de profundización y posgraduados, de modo que por esta vía se logre una retribución eficaz que aporte sustancialmente a los propósitos de elevación de la calidad educativa. Esto tiene que convertirse en una apuesta nacional por un sistema público educativo consistente y no antojadizo ni sujeto al capricho de un ministerio o un gobierno específico.

De ahí que las Facultades de Educación deban preocuparse no sólo por la calidad de sus programas de formación magisterial para licenciados y otros profesionales; sino además por los sistemas de aseguramiento de la calidad en sus egresados; tarea que igualmente debería ocupar al Ministerio de Educación, en cuanto de ello depende en buena medida que se garanticen las condiciones técnicas, académicas y epistémicas para que los profesionales de la educación sepan lo que tienen que saber y hagan lo que tienen que hacer en los diferentes niveles a los que se aplique su quehacer. Fomentar mejores programas de formación docente (Eurydice 2004), al tiempo que se garantizan mejores condiciones para su desempeño profesional atraería a un número significativo de aspirantes a hacerse de saberes expertos aplicables en una labor altamente rentable para ellos y para la sociedad en la que aspiran a ser reconocidos por su salario relativo, por la calidad de sus aprendizajes y por el prestigio de su profesión en un mercado laboral en la que la misma resulte competitiva (Carnoy 2006).

Profesionalizar la docencia implica entonces superar la recortada visión de que el salario constituye una reivindicación salarial. Un proyecto público educativo, hoy inexistente, debe partir por entender que a los maestros dedicados a su labor en la escuela pública hay que pagarles bien porque su oficio constituye un asunto de seguridad nacional que requiere el perfilamiento de un magisterio robustecido por una política educativa de alta inversión pública, promoción de su cualificación y solvencia intelectual y garantías para su desempeño ocupacional con pertinencia, para que el país cuente con generaciones de nuevos ciudadanos cualificados en artes, saberes y prácticas que abran sus expectativas y posibilidades para actuar y relacionarse exitosamente en diferentes entornos sociales, no sólo en el de los mercados productivos.

Lo demás son discursos vacuos.

Trabajos citados

Arboleda, José Rafael. «Nuevas investigaciones afro-colombianas.» Revista Javeriana 37, nº 183 (1952): 197-206.
Benavidez, Martín. Informe de progreso educativo Perú (1993-2003). PREAL, 2004.
Carnoy, Martin. Economía de la educación. UOC, 2006.
Condorcet, Nicolas de Caritat Marques de. Compendio de la obra inglesa intitulada Riqueza de las naciones. Imprenta Real (Ebook), 1792.
Dussel, Enrique. El último Marx (1863-1882) y la liberación latinoamericana: un comentario a la tercera y a la cuarta redacción de "El capital". Siglo XXI, 1990.
Eurydice. La profesión docente en Europa: Perfil, tendencias y problemática. Dirección General de Educación y Cultura de la Comisión Europea: Eurydice, 2004.
Fermoso, Paciano, y Javier Fermoso. Manual de economía de la educación. Narcea editores, 1997.
Marrou, Henry-Irenee. Historia de la educación en la Antigüedad. Akal, 2004.
Navarro, Juan Carlos. ¿Quiénes son los maestros?: carreras e incentivos docentes en América Latina. Banco Interamericano de Desarrollo, 2002.
Parkin, Michael, Mercedes Muñoz, y Gerardo Esquivel. Macroeconomía: versión para latinoamérica. Pearson, 2007.
Rodríguez, María José Sánchez. «La formación de la maestra. un recorrido histórico a través de la legislación educativa española (Siglos XIII-XIX).» Revista electrónica de Estudios Filológicos. Número 9 de Junio de 2005.
Sevilla, Carmen Selva. El capital humano y su contribución al crecimiento económico. monografías, 2004.



sábado, 23 de abril de 2011

Las consignas

Hemos construido el sueño
del mundo, la creación,
con dichos; sea tu empeño
rehacer la construcción

Miguel de Unamuno

Construidas en medio de la agitación o redactadas en la serenidad de la noche; finamente elaboradas por creativos pensadores o articuladas con trozos doctrinales, las consignas evidencian el contenido manifiesto de la protesta y acompañan la movilización como un celoso guardián de ideales y aspiraciones.
 
Una historia de la represión podría llevarnos a pensar que las consignas nacieron en la ideación de viejos mecanismos de control de la opinión pública:¡Crucifícale, crucifícale!, gritaban en Jerusalén, aupados por los dueños del templo, los mismos que tiempo atrás llenaron las calles para saludar al rey de los judíos. En épocas más recientes, el militarismo al frente del gobierno, instalaba el sometimiento y la censura periodística “bajo las consignas del Poder Público”, las cuales constituían “órdenes dictadas todos los días a los periódicos sobre los aspectos más variados de su labor. O bien se referían a cuestiones de fondo (temas y argumentos de los que no se podía informar o de los que había que informar obligatoriamente), o bien a aspectos de presentación de las noticias (…), o bien a detalles de la actividad misma de los periódicos” (Sinova 2006, 191).

Sin embargo, rastrear su historicidad nos remontaría al primer grito, al primer acto de levantamiento en contra de un poder instituido arbitrariamente o cuestionado por quienes padecen su ineficacia. En un lenguaje necesariamente bipolar, la capacidad de la derecha para producir órdenes y dictados en los más diversos regímenes políticos promotores de la uniformidad mental e ideológica resulta contestada por la izquierda, acudiendo a figuras literarias cercanas al imaginario popular, sustituyendo las órdenes por ideas y reconvirtiendo los mandatos en iniciativas de acción; las cuales, sin embargo, permanecen alerta ante el bizarro equívoco de creer que una idea es un verso y que una palabra es el mundo.

Quienes se instalan hoy en el poder y recogen sus designios en lemas empresariales, en planes de operación agresiva y en indicadores de mercado con los que, también al frente del Estado, miden su capacidad de acción en términos rentabilísticos, oyen sin escuchar las consignas en la voz desgastada pero infatigable de estudiantes, maestros, trabajadores, mujeres, afrodescendientes, indígenas, ciudadanos convertidos en usuarios de la salud, madres que aun reclaman a sus hijos….  Situados, como requieren, en cumbres muy por encima de la voz y del reclamo popular, se abrogan la autoridad para acusarles, como al poeta Silva, de sacrificar el mundo por pulir un verso; inconscientes frente a la evidencia de que la poética de la consigna importa menos que su eficacia en el propósito de transmitir en versos la agitación que espera transformar, no sólo el propio mundo, sino el que los profetas de la prosperidad neoliberal han construido contando con el padecimiento, la conformidad y la ingenuidad de la multitud.

En su carácter contestatario, las consignas expresan la erosión de las ideas en manos del efecticismo económico imperante, que desgasta la política y promueve la inacción y el refugio en los meandros interiores. Llenas de optimsmo, se convierten en instrumentos articuladores del reto movilizatorio en un momento en el que muchos prefieren quedarse a la expectativa, observando desde la barrera: “¡Compañero mirón, únete al montón!”,  se grita para convocar la solidaridad de los que, absortos, contemplan una marcha sin arriesgarse a acompañarla.

Remozadas con imaginación y creatividad, las palmas, el canto y el cuerpo avanzan unidos en coreografías que, a medida que se grita en la calle, alterando la pesadez y la cotidianidad acostumbrada del pequeño pueblo y de la urbe gigantesca, proponen tanto como reclaman la desusada toma de conciencia frente a los acontecimientos y las situaciones, insistiendo en que  “hay que ver las cosas que pasan; hay que ver las vueltas que dan, con un pueblo que camina para delante y un gobierno que camina para atrás”.
Junto a estas, con la vitalidad de ser proclamadas en nuevas voces y nuevas condiciones, las viejas consignas obreras y estudiantiles aparecen entre quienes no se saben la marsellesa ni la internacional; promoviendo igualmente la unidad en los desunidos; reivindicando antiguos derechos estratégicamente mercantilizados hoy; protestando la inveterada arbitrariedad de los uniformados al servicio de fuerzas que no cuestionan; reclamando la comunión con lo público, precarizado y recortado por la amenaza de terrorismo y el aliento a la privatización; agitando en la calle ideas y expresiones solidarias, en un mundo en el que el consumo y el individualismo se han instalado como medida de todas las cosas.

Para los profetas de la prosperidad neoliberal, que insisten en desgastar la causa democrática, habrá que inventar nuevas consignas que reclamen un mundo para los que padecen su ineficacia; esa para la que el país puede ir mal mientas la economía vaya bien. Esa para la que no hay empleo pero las cifras indican lo contrario. Esa para la que el mínimo incremento del salario genera máximos de ganancia. Esa para la que la universidad pública puede ser privatizada descaradamente. Esa para la que poner en riesgo la salud de los colombianos sigue siendo un buen negocio. Esa que construyó puentes donde no había ríos y movió los ríos para que irrigaran sus tierras. Esa de los pocos, para la que está bien lo que para los muchos está mal.

Cercano ya un nuevo primero de mayo, sumemos nuestra voz y nuestro cuerpo a la lucha por un mundo que no sea un gran taller ni una gran empresa. Aunque ese paisaje todavía no existe, atrevámonos a derribar, uno a uno, los muros del mundo esclavo y recojamos piedras para crear un mundo todavía posible. Por lo pronto, me sostengo en afirmar que la larga marcha de las ideas no está clausurada y que el mundo no es uno ni está dado; para lo cual recurriré de nuevo a Unamuno recordando, pese al espacio que han ganado estos profetas, que “venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir y, para persuadir, necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha”.
¡Que viva el mundo, si aun puede ser nuestro!

Arleison Arcos Rivas
Medellín, 2011

sábado, 2 de abril de 2011

El jaleo del oprimido

¿A dónde quieren llevar al negro? 
miren que el negro se está cansando 
que todo el mundo le va jalando 
como si fuera él un maniquí 
Ñico Saquito

Para mucha gente la escuela; básica, media o superior, debería entenderse como un receptáculo de las políticas hegemónicas instaladas como válidas por una élite ilustrada que, como clase, impone con relativo éxito su particular mentalidad respecto del Estado y sus funciones a las diferentes fuerzas sociales. En ese modelo, la escuela se convierte en un ejercicio de dictado magnificado por el impacto que tiene la escolaridad puesta al servicio de la empresa y de las faenas laboriosas en el modelo de economía en el que las fuerzas productivas cumplen la misión de dar valor al capital y operan en torno a su entronización. 


Para quienes así opinan, la escuela debe resultar no sólo útil, sino además lucrativa. 

Por lo contrario, para quienes perseveran (perseveramos) en una actitud que entiende la educación y la escuela como campos de combate entre procesos hegemónicos y alternativas emancipatorias; la escuela es un bien inútil, no es una mercancía, y la educación es un derecho antes que un servicio, cuyo valor no está relacionado con la capitalización del mundo sino con su necesaria humanización. 

Para quienes así pensamos, el reclamo por lo público en el escenario escolar controvierte abierta y decididamente la actuación tecnocrática de quienes calculadamente convierten cada acto educativo en un eslabón más hacia una sociedad en la que a los muchos la ocupación y no el trabajo, la precarización y no el bienestar, la desregulación y no la seguridad social, la utilidad y no la felicidad se les convierten en una herencia que rebaja sus posibilidades sociales a la sola formación para el empleo; mientras tal diseño inteligente asigna igualmente valores de clase a una concepción paralela de la escuela, privada y de elite, para la que educarse es, también, acumular capital. 

Para situar su concepción de la escuela y de la educación, las actuales autoridades públicas, interpretes de los dictados de élite, afianzan y fortalecen el pensamiento único y la racionalidad instrumental a partir de las cuales el diálogo y la negociación se instalan como los únicos instrumentos válidos para escuchar a la contra parte. Escuchar no es sinónimo de concertar, acordar o convenir; y por ello el diálogo suele convertirse en un procedimiento sordo en el que la voz del otro, de quien reclama, protesta y se moviliza frente a las fuerzas sistémicas, es desoída y no suele ser respetada, a consecuencia de la desproporción de quien se sitúa en el pedestal de la victoria o, lo que es igual, en el puesto de mando convertido en una cómoda torre de control. 

En esas circunstancias, la protesta se convierte en una alternativa disponible para quienes, juiciosamente, han insistido en construir canales comunicativos parsimoniosos y discursivos; para quienes han asistido a los espacios diseñados para el entendimiento, sin que sus argumentos logren transformar las prácticas y convenciones de su oponente. Si la protesta debe o no estar acompañada de acciones belicosas obedece más a las consideraciones respecto de los medios considerados determinantes para la acción sin que ello atente contra la acción misma de lucha y protesta. Por ello se puede estar de acuerdo con la movilización sin que se termine por aceptar que las salidas disponibles pueden ser igualmente pendencieras. Sin embargo, con mayor certidumbre, podría pensarse que el que las autoridades públicas cuenten a su disposición con (y activen como lo hacen) efectivos policiales, sistemas de inteligencia y ordenadores de represión, evidencia que la posibilidad de tales manifestaciones ha sido calculada y anticipada; constituyendo ello mismo un acto oficial de incitación. 

Hoy, nuevamente, la universidad pública está de jaleo, resultando previsible que en las próximas semanas aumente el volumen de sus manifestaciones. Hoy, nuevamente, se acusa de infiltrados de grupos armados a quienes, bajo una capucha, ocultan su rostro para quien tiene el poder de eliminarlos o desaparecerlos. Hoy, nuevamente, se acusa de terroristas y criminales a quienes protestan por la disminución real del presupuesto y de los recursos para el cumplimiento de sus funciones, por el carácter funcional de la inversión privada, por el incremento de los sistemas panópticos, vigilancia y control, por las nuevas mediciones de tarifas y costeo de las matrículas, por la grave lesión a la autonomía universitaria… 

En la educación básica y media, también se espera jaleo en los próximos días, al presentar el pliego de peticiones del magisterio colombiano, en defensa de la educación pública y en rechazo de la privatización, la plantelización y la precarización de la profesión docente. ¿Será, entonces, se acusará igualmente de terrorista a los maestros? Los trabajadores afiliados a la CUT han expresado solidaridad y apoyo a los maestros. ¿Entonces también serán tildados de infiltrados? Estudiantes, padres, madres y ciudadanos solidarios se vincularán seguramente a estas marchas y movilizaciones. ¿Serán tildados de delincuentes entonces? 

La recurrencia al jaleo del oprimido evidencia que no basta la existencia de canales comunicativos si no sirven para producir acuerdos o si el único acuerdo posible es el que conviene al más fuerte. La escuela que construimos, básica, media y superior, habrá de sospechar que la historia escrita, dictada y servida por el cazador se traza, invariablemente, con la sangre de su presa.

sábado, 9 de octubre de 2010

Cinco convenciones del mundo domesticado

Vivimos en tiempos de desencanto en los que, algunos y algunas, soñamos con mares de serpientes que nos engullen y no mueren. Infortunadamente, otros se han convertido en domesticadores de serpientes, las azuzan, les enseñan y las ponen en nuestros sueños convirtiéndolos en pesadillas. En el sopor de los días que pasan, se dibuja su placidez socarrona invitando a vivir de manera intransitiva, sin peso, sin mayores cavilaciones, convertidos en gestores de un mundo hecho a la medida; moldeado para que sea así como es.

Estos paladines del presente eterno son muy buenos vendedores. La gente corriente, de edades disimiles y diversas procedencias, ha aprendido a comprarles, a precio de rebaja y rutinariamente, sus paquetes sin contenido, trenzados con el lazo del olvido, la erosión del porvenir y la memorización lacónica del pasado, el cual se endosa a los contradictores como advertencia gravitatoria del futuro incierto que prometen.

Para estos nuevos adalides del bienestar generalizado y la comodidad de los tiempos que vivimos, las cifras pueden ser escabrosas, pero siempre evidencian que hemos mejorado: desempleo, pobreza, desplazamiento, son problemas cada vez menos incidentes en el malestar popular, según dicen cada mes por cada medio que les crea.

En estas condiciones, aparecen expresiones trilladas que, de tanto repetirlas, se vuelven consistentemente convincentes para el común de las personas. Veamos las que considero má frecuentes, rutinarias y lamentables:

1. Nada puede cambiar

Como si fuera un mantra místico, los Gurú del tiempo occidental se han vuelto expertos en trastocar los mundos culturales para instalar en occidente, tan lejano a esos asuntos, la sensación de que el cambio es aparente. Lejos de atisbar el abismo del porvenir, se importa afanosamente la idea (occidente son sólo ideas, debemos recordarlo) de que la nada nos circunda; incluso pagando a muy buen precio a adelantados orientales que esclarezcan el camino de la iluminación hacia el nirvana mágico de la quietud, en el que ni dolor, ni afanes, ni lamentaciones resultan posibles.

Un cisne místico nadando en aguas turbulentas se convierte en su mejor imagen, pues sea cual sea la tribulación externa debemos aspirar a la paz interior, a la quietud reverente frente al destino y a la bienaventuranza de los mansos, cuya recompensa será una vida sin problemas que les atormenten.

2. Confiemos en la capacidad de nuestros liderazgos 

Como si el destino de la humanidad estuviera trazado por una mente providencial o un sabio inteligente y contemplativo, la promesa de que el poder establecido, político y económico, sabe lo que hace y tiene la mejor fórmula para contener las fuerzas invisibles del presente y sus efectos impronosticables, se sitúa la idea de que la gente común es absolutamente ignorante y ello constituye el mejor aprendizaje de la historia. Por lo contrario, los que aprenden el juego del monopolio de la sabiduría, se lanzan decididamente a la conquista de la felicidad, al triunfo construido con actitud ganadora, al entusiasmo de los emprendedores, sin mayores preocupaciones por las innecesarias pestes de un futuro compartido.  

Siendo así, la conquista de la felicidad consiste en caminar plácidamente por las sendas de la ignorancia. El refugio interior, el aislamiento solipsista, la vida anónima, la eliminación del riesgo y la aventura desconocida son productos vendidos con éxito por los publicistas del momento.  El monje en su ferrari sube rápidamente la cuesta del éxito para contemplar, en solitario y a lo lejos, las ciudades repletas de sin sentido, llenas de prisioneros convencidos de lo innecesario que resulta desgastarse en cavilaciones y concienzudas lecturas radicales que no cambian mayor cosa con su romanticismo, según profetizan.

3. No aguanta "voletearse" así.

De tanto en tanto, cuando sobrevienen cantos de batalla, los expertos financistas y los publicistas aliados se avalanchan a convocar el protagonismo de los indiferentes; estas extrañas creaciones que, avidamente, abren sus fauces para ser alimentados por la mano dadivosa de la prensa y la televisión al servicio de la precariedad cerebral y la erosión del pensamiento. Culos, balones y sonrisas se convierten en la fuente noticiosa apetecida por estas crías a las que incluso se les ha enseñado a salir a la calle a decir no más con odio y con fiereza, sin importar que tanta convicción expresen, más allá de sus recién estrenadas camisetas.

Los indiferentes, una vez se han mostrado; animados por tal esfuerzo retornan a sus vidas anónimas, a la levedad de su pequeño nirvana, construido porfiadamente a fuerza de no pensar, no decir, no gritar y no soñar; porque para ellos la vida no es sueño sino letargo, una larga marcha de adormecimiento mudo en la que no vale la pena voletearse, contradecir ni protestar si no está permitido.

4. Para qué ponerse a pelear

Los promotores de la quietud y la indiferencia se han vuelto especialmente eficientes en promover la no violencia. Avisados como están de que en esa ruta coinciden muchos y muchas, aunque difieren en sus expectativas, se han especializado en una lectura unidimensional del pacifismo y la vida cosmopolita para la que toda forma de protesta y de alzamiento contra el sistema que administran y del que se benefician puede denunciarse como terrorista. Por esta vía, terrorista es el que duerme en la calle y el que dispara fusiles; el que lleva alimentos en un barco hacia Palestina y el que pone una bomba en pleno centro de Nueva York; el del carro bomba y el estudiante universitario; el que escribe en contra y el que no afirma lo que ellos escriben. Terroristas hay en todos lados; así aun no adviertan que ya han sido marcados. 

A escala planetaria y en el pequeño poblado, el discurso contra el terrorismo se ha convertido en la mejor estrategia de contención de las disidencias, para lo que toda estrategia resulta útil: chuzadas, juicios falsos, falsos testigos, chismes precautelativos, guerras preventivas, cárceles especiales, noticias espectaculares. Todo vale para persuadir a los indiferentes de que odien, denuncien y se movilicen antes de que, efectivamente, los terroristas actúen; por lo que hay que cerrar espacios y rendijas por las que hasta el más pequeño terrorista quepa, sea quien sea pues, sutilmente han logrado que la gente crea que terrorista es cualquiera: ¡su vecino o quien comparte la cama!

5. ¡Ahí están, esos son los que joden la nación!

Cuando no les creen; cuando sospechosamente los indiferentes se muestran alertas frente a ciertos discursos mal publicitados; como gato en el vacío encuentran la manera perfecta de retorcerse y pisar airosos el suelo de la victoria: ¡la culpa es de la vaca! Son los otros los que han generado el problema: Que no hay empleo: culpa de la guerrilla; que no hay salud: culpa de los sindicatos; que no hay educación: culpa de los maestros; que la universidad cerró: culpa de los estudiantes; que aun hay guerrilla: culpa de los que no denuncian... Así, la nuestra se ha vuelto una sociedad de la culpa en la que la retórica oficial resulta siendo la voz de heroicos altruistas que se sacrifican y esmeran porque las cosas no sean como siempre han sido.

En ese orden, las oligarquías resultan fortalecidas; cantando incluso en su nombre y en favor de sus chequeras y sus acciones las viejas consignas y canciones que en otro tiempo se oían en boca de sus enemigos: Ahora el Ché es un luchador envidiable y un excelente vendedor de camisetas, Camilo un bien intencionado cura engañado, y los mamertos setentudos: ¡Que nostalgia! ¡Yo también tiré piedra!, pero esas eran otras épocas que, afortunadamente Fidel ya se dio cuenta, ya pasaron; dicen.

Seguro hay muchos otras proclamas en su credo, cuyo hastió me atormenta. Pese a su eficacia, el mundo de los financistas y los publicistas; ese que les compra la placidez de la gente indiferente y domesticada, resulta insoportable incluso para ellos. En las infatigables cumbres mundiales que promueven empiezan a notarse las tensiones y fisuras de su bien armado rompecabezas. La insostenibilidad del presente les asusta, no solo por el peligro de que se vuelva poco rentable sino además por las incesantes alertas de que, aun en estas circunstancias, siguen sumándose las voces y las acciones de aquellas y aquellos a los que no les basta decir empaque y vámonos; constructores de alternativas, soñadores de mundos posibles y otros: artesanos del porvenir.

En todo caso, me levanto convencido de que, si unos domestican serpientes que esparcen un veneno soporífero por doquier, otros hay que fabrican antídotos contra el insomnio, la quietud y la pasividad que aletargan y no dejan sentir la codicia, la insolidaridad y la soberbia de los domesticadores. 

sábado, 2 de octubre de 2010

¿Está usted de acuerdo y se compromete?

"Mucha gente habla, dentro y fuera de la universidad, de los fantasmas setentudos que rondan sus patios interiores. Sin embargo, parece que las cruces esvásticas con sus espectros ceremoniales no faltan entre sus sombras"


Jaime Rafael Nieto López

Columna Universidad de Antioquia: Verbo y cuchillo


Más allá de todo dolor, nuestra universidad permanece viciosamente cerrada.


Las circunstancias que han llevado al Consejo Académico a 'recomendar' el actual cierre nos dejan el sinsabor de la intolerancia en los eventos del 15 de septiembre, la indiferencia de la mayoría de las y los antioqueños y antioqueñas por su Alma Mater y la impaciencia de los que creemos que una universidad vacía, en silencio y de puertas bloqueadas es una negativa a reconocerla plural, diversa y pública; con lo que se visibiliza el que en la universidad se vienen enfrentando dos modelos culturales disimiles que aun no encuentran alternativas creíbles para un acercamiento dialéctico: Uno, el que la pretende al servicio de la empresa privada, contratada y ordenada para producir y sostener el mundo tal cual está. Otro, el que se reviste de nostalgia para resistir, contra todo pronóstico, los fuertes vendavales del autoritarismo y la verdad única.

Para los seguidores del primer modelo, la universidad cumple un papel valioso en torno a su misión de promover el saber, la ciencia y la tecnología; sin mayor deliberación respecto de a que modelo societal aporta, pues tales construcciones resultan funcionales al dinamismo del sistema capitalista imperante. Por esto, para muchos de ellos lo que ocurre en la universidad no es sino la cooptación de sus espacios y de los ingenuos muchachos tirapiedra por las bandas delincuenciales y los narcotraficantes de la ciudad, promotores del desorden, la venta de drogas, el tráfico ilícito de libros y películas y las ventas informales; situaciones para las que resulta suficiente con irrumpir a la fuerza en el Alma universitaria, bloquear el ingreso de los disfuncionales y promover, como alternativa conciliatoria, una campaña que, aunque bien intencionada, no satisface el tratamiento integral de las complicaciones presentes en este resguardo de la diversidad ni garantiza que, una vez ordenen reabrir sus puertas, la universidad discuta con calma y sosiego sus diferencias y provoque la unidad de los diversos.


Para los que se oponen a meterlo todo en el mismo saco, los del segundo modelo, la universidad es un proyecto societal en el que las lecturas alternativas y la producción del consenso en torno a su misión y sus obligaciones no se reducen a la enunciación criminal de las situaciones que en ella se escenifican ni al encumbramiento de dicho espacio por sobre los problemas cotidianos y estructurales del país, como si los mismos no fueran en ella sino motivo de ejemplo en las diferentes cátedras, anticipaciones nocionales de un mundo aciago por venir. Situados en esta orilla, lo que pasa hoy con la universidad resume las feroces tensiones sociales y políticas que polarizan a unos y otros en el país por la disputa territorial, la inacción estatal, la tolerancia criminal, la connivencia con la ilegalidad, la arbitrariedad policial, el autoritarismo gubernamental, la pasividad societal, la negación y ocultamiento del otro, el cerramiento de lo público, la erosión de lo colectivo, la prisión de la individualidad, los gritos de unanimismo, las batallas de los resistentes, la precariedad en el ingreso, la carencia de alternativas laborales dignas, el desempleo y el incremento de la delincuencia y la criminalidad.

Ante el tamaño de tal desencuentro, la universidad tiene razón al preguntarse si su funcionamiento debe blindarse de prácticas ilegales y ventas informales, tanto como motivar a sus integrantes a comprometerse con el respeto de los principios de liberta de expresión, de investigación, de enseñanza y aprendizaje, rechazando todas las formas que impliquen su vulneración. También por ello la universidad debe ser construida sin ninguna forma de violencia, amenaza o intimidación; ni la del estado ni la de los ciudadanos ni la de los múltiples actores armados y autoritarios oficiales y extraoficiales. Sin lugar a dudas la universidad no puede ser un espacio para promover el tráfico, expendio y consumo de estupefacientes ni debería convertirse en un emporio de ilegalidad.

A todo ello debemos responder sí, con total claridad y sin vacilación; pero, de igual manera, debemos generar las condiciones para consultar y responder si estamos de acuerdo y nos comprometemos a conservar pública la universidad de las y los antioqueños; si en ella opinar y protestar pueden ser considerados o no delitos; si para enfrentar sus problemas el Gobernador y sus cuadros directivos pueden acudir o tolerar la vulneración de sus estatutos y su autonomía, cuando se quiera y por lo que se quiera; si se deben revisar los estamentos estudiantiles para garantizar una mayor vinculación de tal colectivo en las decisiones de importancia;si la universidad debe ponerse al servicio de un proyecto político alternativo que promueva la incidencia ciudadana y la participación; si para cumplir sus objetivos misionales resulta posible que la universidad se venda a postores que constriñan su independencia; si puede darse el lujo la universidad de las y los antioqueños de dejar por fuera de sus aulas a tanta gente cada semestre, sin que aparezcan en el horizonte alternativas más responsables que garanticen el derecho a la educación de quienes no pueden costearlo en universidades privadas.

Seguramente son más las preguntas que deban hacerse a ambos mundos de la vida universitaria; no con la intención de exacerbar sus diferencias sino en el propósito de gestar un modelo de universidad que geste un nuevo país; uno en el que se pueda estar de lado y lado en una mesa en la que la muerte no ronda; en el que se garantice un circuito digno que vincule el estudio, el empleo y el bienestar; en el que la seguridad no signifique la eliminación del opositor ni la connivencia conveniente. Un país en el que, finalmente, la universidad esté a su servicio; no con sus vicios.

sábado, 25 de septiembre de 2010

El problema


¿El problema será que en el Aeropuerto 'vuelan' personas que consumen drogas y jíbaros que las venden?

¿El problema será que hay venteros ambulantes; muchos de ellos estudiantes que se autoemplean?

¿El problema será que la policía debe hacer su trabajo fuera de la universidad; antes de que los delitos se cometan en la universidad?

¿El problema será que se democise marihuana o cocaina en los alrededores de la Universidad y que los narcóticos giran alrededor del claustro antioqueño?

¿El problema será que denominar olla a la Universidad de Antioquia le resulta rentable a algunos?

¿El problema será que el ESMAD necesita una sede cómoda, amplia y bien ventilada como la ciudadela universitaria?

¿El problema será la miopía de los que quieren creer que la Universidad es "una de las plazas de vicio más rentables de la ciudad, si no la más"?

¿El problema será que en la Universidad vendan libros y cd que desconocen derechos de autor?

¿El problema será que, de tanto en tanto, aparezcan encapuchados en medio de una manifestación?

¿El problema será que a la Universidad ingresan extraños?

¿El problema será que la Universidad puede ser cerrada y ni nos inmutamos?

¿El problema será que se cree que una universidad pública cerrada genera orden y seguridad?

¿El problema será que toda forma de protesta tenga que ser contenida y socavada?

¿El problema será que hemos perdido la capacidad de pensar históricamente los problemas de nuestro tiempo?

¿El problema será que la libertad vive entre dilemas irresolubles?

¿El problema será que el proyecto de universidad escrito por el empresariado difícilmente puede producir una sociedad bien ordenada?

¿El problema será que la Universidad Pública no es, simplemente, un bastión mercantilista?Añadir imagen

¿El problema será que una Universidad militarizada no piensa ni deja pensar?

El problema como canta Silvio Rodriguez, "no es despeñarse en abismos de ensueño porque hoy no llegó al futuro sangrado de ayer.El problema no es que el tiempo sentencie extravío cuando hay juventudes soñando desvíos.El problema no es darle un hacha al dolor y hacer leña con todo y la palma. El problema vital es el alma. El problema es de resurrección. El problema, señor,será siempre sembrar amor".

domingo, 19 de septiembre de 2010

¿Proscribir la protesta? Un necesario adiós al siglo XX


“Un no como una casa, grande como una casa,
Donde un día podamos alojar nuestros sueños"

Armando Tejada Gómez

No son pocas las evidencias de que los logros de la humanidad en el siglo XX, impresionantes por su enorme desarrollo tecnológico e instrumental, palidecen en la precariedad del desarrollo humano alcanzado. Los altos índices de pobreza, vida en miseria, violencia, exportación de la guerra, tráfico y consumo de armas, persistencia de esclavitudes, negación de derechos en condición heredable; entre tantos otros males de nuestro tiempo, nos persuaden de ello y nos exigen, hoy más que nunca, reclamar un mundo posible frente a l defensa resignada del presente. De manera especial hoy, la satanización de la protesta como alternativa en la deliberación pública resulta siendo uno de los peores inventos sociales del siglo XX, por la que se hace coincidir la impotencia y la incapacidad para transformar la vida concreta de seres humanos en aldeas, ciudades y naciones con un modelo relacional y político en el que la contienda ideológica y la movilización que cuestionan tal estado de cosas resulta proscrito.

Protestar, esa actividad por la que los individuos y colectivos lanzan sus ideas en lo público puño en alto, voz en grito y pie marchando, ha venido a convertirse en un crimen contra el orden, la serenidad, la quietud, la pasividad de quienes piensan que vivimos en el mejor de los mundos posibles o, por lo menos, en el que nos tocó vivir con resignación. La lectura gelatinosa de nuestro tiempo deja entonces el sinsabor de la derrota imaginativa, de la precariedad del pensamiento, de la erosión de la creatividad de un lado y del otro, si se mira cómodamente desde un supuesto centro en el que se quiere que todos quepan, siendo que no pueden.

Para quienes la protesta es perversa, molesta e incluso criminal, resulta provechoso que se extienda la presencia policial y el control institucional hasta el último recodo de libertad, incluidas las universidades públicas; que se privaticen los servicios públicos, que las calles sean limpiadas de “esa gente indeseable”, que el pensamiento sea único y que el mundo no exprese más tensiones que las nacidas de acostumbrarnos a vivir en él tal como es, prisioneros del encantamiento y la exultación absurda que, hay que decirlo, esconde las graves fisuras sociales, políticas y económicas de nuestras naciones.

Para quienes, por lo contrario, no terminamos por aceptar que las cosas son como son, que la controversia resulta fundamental para aventurarnos a soñar, pensar y crear nuevos mundos, distintos, alternativos, otros; la protesta se constituye en un referente simbólico y actuacional que reclama la ampliación de las fronteras de nuestro tiempo, el desvertebramiento de la quietud, el protagonismo de la acción y del actor. Desde esta orilla, pesimista, según sus críticos; proscribir la protesta atenta contra la infatigable capacidad humana para generar formas alternativas de hacer nuestro al mundo que vivimos y al que no basta, simplemente, padecerlo.

Tal como un pensador latinoamericano, José Carlos Mariategui, escribiese hace algunas décadas, “los que no nos contentamos con la mediocridad, los que menos aún nos conformamos con la injusticia, somos frecuentemente designados como pesimistas. Pero, en verdad, el pesimismo domina mucho menos nuestro espíritu que el optimismo. No creemos que el mundo deba ser fatal y eternamente como es. Creemos que puede y debe ser mejor. El optimismo que rechazamos es el fácil y perezoso optimismo de los que piensan que vivimos en el mejor de los mundos posibles”.

Nuestro mundo puede y debe ser mejor. Por ello no resulta creíble que se pueda proscribir la movilización de quienes, en espacios privilegiados para ello como la universidad, se visibilizan y movilizan arriesgando incluso su vida para decir lo distinto, para proponer nuevos modelos de negociación y participación, en los que quepa el disenso y la alternativa. Expresiones arrogantes y autoritarias como la del Gobernador de Antioquia o manifestaciones hostiles como la intrusión del ESMAD para “contener” una manifestación desarmada y pacífica de las y los estudiantes de la Universidad de Antioquia dentro de dicho claustro, se convierten en atentados inciertos contra la palabra y el poder combativo del discurso. 

Para quienes afirmamos y enseñamos que la democracia no es un espantapájaros al servicio de los bribones, resulta de suma importancia reconocer que su construcción y su fortalecimiento nacen de un ejercicio radical por dejar de lado las armas, las del Estado y las de los ciudadanos; para concentrar los esfuerzos en el debate; aun en condiciones de denuncia, rebeldía y beligerancia. Para quienes confunden el poder con las funciones de control y represión en manos del Estado y los gobernantes, resulta imposible entender otras razones que las del encantamiento y la domesticación. Por ello se pontifica y se maldice a quienes, sin poder según se cree, acuden a la protesta ciudadana como el instrumento para gestar condiciones de interlocución creíbles. 

Negar entonces que la democracia consista en disciplinar a los ciudadanos y en desatar la furia del gobernante, resulta necesario; mucho más cuando las autoridades oficiales aspiran a desinstalar la protesta como un instrumento ciudadano válido. Desconocer que en los espacios públicos como el universitario se puede protestar y que ello es sano para la democracia, es aspirar a un mundo único y homogeneizado, en el que lo diverso fácilmente se califica como terrorista; sobrada razón para pensar que, definitivamente, falta un adiós rotundo al domesticado siglo XX.

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